casita de sueños

norman rockwell

Diciembre 27, 2004
Una mañana en la plaza

Mi corazón caminó hasta la plaza que queda a sólo dos cuadras de acá. Lo seguí, no intenté ser sigilosa, quería que me viera persiguiendolo. Caminé más fuerte hasta que lo sentí latir.
Mi corazón madrugador, llegó cuando el sol apenas brillaba y el gallo del barrio ya no cantaba desde hacía horas. Siempre primero mi corazón, no esperó a que yo llegara, y en momentos sentí que lo perdía para siempre.
Nos encontramos en una de las 8 esquinas que tiene la plaza. En la esquina donde no están las hamacas, ni el tobogán, ni el enorme arenero. En el pequeño rincón donde, cuando empieza a caer la tarde, y vislumbrarse la luna, hay siempre dos enamorados.
Nos sentamos en el césped. En el mismo lugar donde cuando yo era pequeña, había un cartel que prohibía pisar el césped, escrito con letras que incluso en esos días ya habían perdido su color, y su autoridad que justamente emanaba de su color. Nos sentamos ahí. Me saqué mis zapatillas, y mis medias se llenaron rápido de rocío.
Recordé el aroma a eucaliptus del campo de deportes del colegio, y como corríamos con mi amiga en las mañanas de verano mojándonos las medias, buscando alguna puerta secreta en los troncos de los árboles enormes que crecían ahí. Búsquedas infructuosas, pero jamás perdieron su magia.
Volví a mi plaza, y a mis medias mojadas. Crucé las piernas, abrí el libro en la página señalada, y leí, en medio de los eucaliptus, de niñas corriendo en busca de duendes, flores prolijamente plantadas, y aquellas que nacen donde nadie las ve, a menos que algunos ojos las busquen con ese propósito.

romina, Diciembre 27, 2004 01:50 AM


Comentarios...

Joy (Enero 3, 2005 01:40 PM)

que hermoso texto. me voy a tomar el atrevimiento de considerarlo regalo de cumpleaños.

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